El Espanyol llegó el domingo en Alcorcón a su Pekín particular, el fin de trayecto de su viaje de nueve meses por el Transiberiano de la Segunda División. Porque así ha sido su andadura, a priori un camino largo e incómodo, con dificultades, pero que ha servido para descubrir otros clubes, otro fútbol y reencontrarse con las victorias, la euforia y la afición. Una auténtica aventura con final feliz después del descenso del curso pasado.

La temporada no fue lineal, hubo curvas, poco peligrosas. Comenzó como un trance angustioso debido a la obligación de no perder el tren del ascenso. Faltar a su cita podía suponer la estepa, condena que pondría en juego 121 años de historia. Ese frío hiriente que se notó en Leganés, Vallecas, Girona, Las Palmas, Lugo o, sobre todo, Miranda de Ebro, que tiene algo de Siberia en pleno invierno. Allí el equipo perico se dejó puntos y alimentó unas dudas que siempre han existido en un entorno aún no curado de espantos después de lo ocurrido en la 2019-20.

Prueba de ello es lo que ha sucedido en las jornadas en las que el Espanyol ha vivido como equipo de Primera: dos partidos perdidos, un empate y una victoria. De la goleada de Ponferrada a la fiesta doble de Alcorcón con derrota y título. Un sabor agridulce, aunque comprensible en una plantilla que ha sufrido mucha presión este curso. No obstante, aviso a viajeros. Lo mejor es quedarse con lo que ocurrió entre medio, donde el Espanyol fue un equipo dominador, con su historia y su plantilla. Ya sea en Albacete, Sabadell, Logroño o Castellón, campos que conquistó y que el curso próximo jugarán en la nueva Segunda B, o Málaga, Fuenlabrada, Tenerife, Oviedo o Gijón.

El mano a mano con el Mallorca, meritorio subcampeón con la mitad del presupuesto que los blanquiazules, o los duelos ante Almería, favorito a ser el tercer equipo que ascienda ahora con Rubi en el banquillo, le devolvieron al Espanyol aquellos encuentros clásicos de Primera. Partidos que se recuperarán a partir de agosto con otro legado que deja el curso: de la explosión de Puado a la irrupción de Melamed o a los buenos minutos de Omar, de 17 años. Ojalá el Espanyol sea otro después de esta excursión de nueve meses. Un viaje inhóspito que debe servir para cambiar (o recuperar) mentalidades.

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