Las dos franquicias más laureadas de la historia de la NBA se han visto obligadas a disputar el play-in. Sin ninguna duda, nuevos tiempos. En el caso de Boston Celtics, tras ser finalista de Conferencia y con un proyecto que aguardaba su apogeo. Ante el aviso de postergación, Danny Ainge ya ha advertido nuevos aires: «Buscaremos cambios. Obviamente, no puedo entrar en detalles. Pero sí, habrá cambios. ¿Cómo de significativos? Aún no lo sé. Ya veremos». A lo largo del curso, las dificultades han sido muchas, con la baja indefinida de Jaylen Brown como summum de la desgracia, pero no quiere buscar excusas. No hay tiempo para ello, porque la NBA no espera a nadie. El inicio de estos playoffs es una muestra. Y el propio play-in, también. Seguramente, ni Adam Silver vaticinaba duelos de semejante altura en su nueva fase previa. Ni a un Jayson Tatum estratosférico, imperial ante Bradley Beal y Russell Westbrook, ni al mayor pulso generacional, como es el LeBron James – Stephen Curry, reconvertido en una lucha por sobrevivir y no por la gloria. Como guinda, ese triple que ya reposa entre las páginas de la historia. A la mejor liga del mundo, por unas cosas u otras, siempre le termina saliendo todo bien. Y por eso se ha ganado el apodo.

El caso de los angelinos es paradigmático, pues se enfrentan a un reto histórico. Hasta el momento, imposible: ninguna franquicia de la NBA ha logrado el anillo partiendo desde la séptima u octava plaza, y LeBron y Anthony Davis, que llegan como animal hambriento que huele la sangre, ya tienen nuevo reto. Con el debido respeto al resto de franquicias en su situación, por supuesto, que optan al mismo hito. Si se señala directamente a los Lakers es, simplemente, porque llegaron a la presente campaña siendo campeones y, al empezarla, casi todo el mundo apostaba por su continuidad en el trono. Las estrellas se mantenían y las nuevas piezas, con sus matices, hasta parecían mejorar lo que ya había. Y empezaron demostrándolo. Hasta mediados de febrero, los angelinos acumularon 21 victorias y solamente 6 derrotas. Imponentes en el qué, pero también en el cómo, con esa sensación, manida y de dudosa veracidad en el deporte, de que ganaban cuando querían. LeBron, por su parte, hasta la primera de sus lesiones, optaba al MVP, el quinto y el que, en el palmarés, le hubiera situado a la altura de Michael Jordan. Porque llegaron las lesiones, claro, y son las que explican, como en en el caso de Boston, la situación actual.

Olajuwon, Bob Pettit o Hayes como brújula

Impredecible, rara, inesperada… hasta inverosímil; pero no irreversible. Los Lakers, como al inicio del curso, siguen siendo candidatos al anillo. Y los Lakers, como al inicio, vuelven a contar con todos sus efectivos. En la memoria reciente, pocos ejemplos del puerto a escalar se encuentran, elevado aún más tras el inicio de la serie frente a Phoenix Suns; pero en la hemeroteca, existen ejemplos muy similares. Uno de los más imponentes, el de New York Knicks en 1999, cuando alcanzaron las Finales, sus últimas, tras ser octavos en la fase regular. El único precedente en la historia. En la memoria de los aficionados de la Gran Manzana, que este año vuelven a disfrutar de su equipo en playoffs tras ocho años, aún coleará ese sexto partido ante Indiana Pacers, el que certificó su hazaña. Un Allan Houston heroico, con 32 puntos y 11 de sus últimos 12 disparos convertidos, tomó las riendas sin Larry Johnson, que se lesionó en el mismo partido, ni Patrick Ewing, con una rotura en el tendón de Aquiles que sólo le permitió disputar 38 partidos esa campaña.

Héroes, pero caídos. LeBron y los suyos, seguramente, revisarán otras cintas. Aquellas que terminen con un final que, matemáticamente, sea tan idílico como improbable. Utópico. Eso necesitan. En esta categoría, entonces, encontrarán a los Rockets de 1995. Unos que, además, también llegaban como campeones, pero que terminaron sextos en la temporada regular. Sus dos únicos anillos en el currículum, los que se abrieron paso, tras mucha insistencia, en medio del retiro momentáneo de Michael Jordan. Un Hakeem Olajuwon imparable, además, culminó la epopeya por todo lo alto, sin medias tintas, agrandando aún más la gesta: en las Finales, 4 a 0 en la serie frente a los Magic de Shaquille O’Neal y Penny Hardaway. Para él, 32,8 puntos y 11,5 rebotes en la serie, acompañados del 21,5+9,5+6,8 de Clyde Drexler y el 17,8+10+3,8 de Robert Horry. Ejemplo a seguir.

Si se acude a las matemáticas más puras, el reto también se atisba mayúsculo, aunque más esperanzador para los aficionados angelinos. Con un 58,3% de triunfos en temporada regular, los Lakers se situarían entre los campeones con peor balance de la historia, pero rodeados de múltiples ejemplos. Entre ellos, por supuesto, se encuentran los anteriores Rockets, con un 47-35 (57,3%); pero que no presiden esta peculiar clasificación. El honor es para los Washington Bullets de 1978, con un 44-38 (53,7%) y liderados por Elvin Hayes, Wes Unseld o Bob Dandridge. Tras ellos, los St. Louis Hawks de 1958 (41-31 y 56,9%), aún en una liga de ocho equipos. En su caso, con esa pizca de suerte que todo campeón necesita, aunque sea a costa de las desgracias de los demás. En el tercer partido de las Finales, ante Boston Celtics, Bill Russell se lesionó de la rodilla, dejando mucho más sencillo el camino para el avance de Bob Pettit. En medio, también se encuentran los Philadelphia Warriors de 1947 o los Baltimore Bullets del 48, con el mismo balance que los actuales Lakers. A todo ello se pueden aferrar los de Frank Vogel: la tragedia atrae más tragedia, pero la historia y la épica, también.

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