Salió Caco con el trofeo, muy pesado, en una caja de protección. Un instante más tarde lo hizo Carlos Sainz, que se detuvo un tiempo para firmar gorras y postales a los aficionados que esperaban tras la verja. Le seguían las cámaras de Netflix, un elemento de atrezzo indispensable en la F1 contemporánea cuando eres alguien en el paddock del Mundial. Entonces, en frío y con la digestión del gran premio concluida, el piloto del día en Mónaco se detuvo unos minutos a charlar con el enviado de AS para confirmar las sospechas: «Todavía me dura el enfado».

El podio alivia, es el tercero en su palmarés y el primero con Ferrari, y además le enchufa en el campeonato de pilotos (queda séptimo, a sólo dos puntos de Leclerc) y le refuerza dentro del garaje. Pero Sainz, de 26 años, sabe que no habrá más ocasión de luchar por poles y victorias en 2021 en condiciones normales. La plata maquilla, pero el oro era posible. Y en Montecarlo, un circuito tan específico que las escuderías deben confeccionar alerones exclusivos, puede que no vuelva a tener una oportunidad de triunfo tan clara. Sin ir más lejos, una trituradora de estadísticas como Hamilton, con siete títulos, sólo ha logrado tres triunfos en el GP de Mónaco, los mismos que Rosberg y la mitad que Senna.

Confiesa Carlos que este poderoso Ferrari apenas se repetiría «en Singapur», uno de esos fines de semana del calendario inciertos por la pandemia. En Hungría podrían tener destellos, pero allí salpican curvas de media velocidad que impulsarán a Mercedes. «Por eso este fin de semana es difícil de digerir, no sabes cuándo llegará la próxima oportunidad», dice el protagonista.

Su frustración no proviene de la carrera, «cuando sales cuarto no esperas mucho de Mónaco», ni tampoco de la bandera roja que apagó su último intento de vuelta rápida en la Q3. Se achaca el error en la vuelta anterior, cuando bloqueó un neumático en la frenada de La Rascasse, y lamenta que su equipo le sacara en tráfico a la siguiente y cediera décimas valiosas por respirar el aire sucio de Checo. Quienes mejor le conocen «nunca» le han visto «tan enfadado» como el sábado por la tarde, en el Principado. Aunque Mattia Binotto dejó una reflexión dentro del hospitality: «Si no estuviera enfadado, no sería un gran piloto».

La celebración fue contenida porque la alegría no era plena, y sólo con su círculo más cercano. Las restricciones actuales propias (de Ferrari) y ajenas impedían cualquier otro plan. En Mónaco hay un toque de queda vigente a partir de las 21:00 horas, aunque es sencillo conseguir mesa en un buen restaurante incluso más tarde de las 22:00 horas. Eso no impide que al rato lleguen las fuerzas del orden, saluden con mala cara al maître y se inicie una tímida espantada en tacones y zapatos de piel. Por el camino se cruza algún jefe de equipo de la F1 con compañía. «A casa, que es tarde», dice. «Nos vemos en Bakú».

Binotto: «Muy positivo para Carlos»

Aunque en el garaje de Ferrari pesó el drama por el abandono temprano de Leclerc, Sainz supo reconducir el domingo y dar una alegría a los mecánicos. Binotto respalda su temprana adaptación y después de cinco carreras se confirma como el piloto que mejor se ha adaptado a su nueva montura de toda la parrilla. «Es muy positivo para Carlos, su primer podio con Ferrari, integrándose muy bien con el equipo y merece este podio, estoy seguro de que logrará más en el futuro y no será el último. Y es muy positivo que Charles estuviera con nosotros en el podio para celebrar con Carlos y el equipo, eso demuestra el espíritu que tenemos».

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